Y... ¡otro cuentecito! (perdón, perdón jeje).
Este, sobre los comienzos de la Guerra de la Independencia, en 1808 (no elegí el tema, es para un concurso de aquí de San Agus, pero, la verdad, se me puso la piel de gallina al investigar un poquillo los sucesos... ¡qué valor le echaron los madrileños!)
A ver si os gusta. Florecillas para todos.

Clara se aferra a la mano de su padre mientras recorre con la mirada los alrededores del Palacio, desdibujados por la cortina de humo que va mostrando, como si de un espectáculo de magia se tratase, el terrible drama de la barbarie humana. Minutos antes se arrepentía de haber sugerido que se detuvieran a curiosear, en vez de continuar su trayecto hacia casa… pero nunca supuso que este error fuera a marcar su vida para siempre.
A sus siete años no es consciente del peligro que todavía les acecha; sin embargo, el eco del estruendo provocado por el ejército francés, que se mezcla con los gritos de impotencia y angustia de los indefensos civiles, le provoca un terror que, hasta el último de sus días, será la esencia de sus peores pesadillas. Observa la carrera desenfrenada de hombres y mujeres: se dispersan en todas direcciones, empujándose a la vez que intentan sortear los bultos que se amontonan en el suelo... algunos, inertes; otros, convulsionados; todos… repletos de sangre. Busca los ojos de su padre e intenta hallar en ellos una explicación a tan grotesca escena.
Pero Juan no responde. Por su mente se suceden las imágenes inmediatamente anteriores, cuando, desde una situación por fortuna lejana, presenciaron igual que fantasmas el momento en el cual el mayordomo se asomaba al balcón e improvisaba algunas palabras. A continuación hablaba el joven infante D. Francisco, con gesto amargo y triste. No llegaron a escucharles, pero advirtieron la conmovedora reacción del gentío congregado a las puertas del Palacio, y la repuesta inmediata de unos pocos cortando las trinchas del carruaje que debía conducir al muchacho fuera de España. Y entonces, cuando la ira de aquellos madrileños estalló para defender lo que legítimamente era suyo, los cañones y la artillería de los invasores rodearon a la multitud.
Nadie trató de huir. Quizá la indignación nubló su conciencia. Quizá no fueron capaces de imaginar que tal extrema crueldad pudiera llegar a producirse. Quizá esperaban, al menos, una advertencia. A pesar de lo acontecido la noche anterior en la Puerta del Sol, esta matanza los cogió por sorpresa.
Ahora, el ambiente de la plaza, que pareciera un improvisado laberinto, oprime el pecho de Juan y deforma su percepción de la realidad. Le escuecen los ojos y le pesa el cuerpo como si tuviera fiebre. Por fin, el nuevo grito de “muerte a los franceses”, desbloquea su pulso y logra parpadear.
Entre el caos de la masacre, el joyero logra distinguir una figura en la que reconoce a Julia, vecina del barrio, arrodillada a escasos metros de su posición. En un arranque instintivo, aprieta con fuerza la mano de Clara y, caminando un paso por delante de ella para ejercer de parapeto, se dirige hacia la costurera, que ha conseguido entre tanto ponerse en pié.
Julia mantiene una postura sorprendentemente erguida. Su mirada expresa una rabia fría, altiva, madura. Una rabia que carece de cualquier signo de indulgencia e incita al inmediato castigo de la afrenta. Su rostro apenas se mueve para acompañar a su boca cuando gime: “Juan, mira lo que nos han hecho… las patrañas del choricero y los galos canallas… ¡Traidores! ¡Malditos miserables! Mira los que nos han hecho ¡Míralo! Juan… Juan: Tienes que ir con ellos” y, señalando con el dedo a un grupo de hombres que se dirigen eufóricos hacia las calles colindantes, sentencia sin dejar margen a réplica: “Clara se queda conmigo”.
Súbitamente, el joyero comprende lo que la mujer reclama. Siente que un escalofrío recorre su piel y su corazón se estremece de espanto. Por un instante, duda de la capacidad de sus piernas para conducirle hasta los rebeldes. Su saliva se espesa. En cambio, las lágrimas amenazan con aparecer más fluidas que nunca. Pero no es un cobarde. El miedo sería inmoral e irresponsable. No. Él no es un cobarde.
Trata de articular su adiós con naturalidad, aunque la voz le delata, áspera: “D. José ha dicho que sólo tiene un catarro. Debéis humedecer el aire con vapor y mantenerla tapada si le sube la temperatura”.
Julia compensa su coraje con media sonrisa y deja que el joyero le entregue la mano de su hija.
Él se inclina hacia la pequeña, que sigue extraviada en su desolación; apoya las manos sobre sus hombros y la besa en la frente. “Estás ardiendo, hija. Julia te llevará a casa. Yo iré más tarde”.
Sin volver la vista atrás, camina hacia la muerte con paso lento.
Sus labios, aún templados, le traen una extraña sensación… porque sabe bien que, este beso, será su último acto de amor sobre la tierra.
A sus siete años no es consciente del peligro que todavía les acecha; sin embargo, el eco del estruendo provocado por el ejército francés, que se mezcla con los gritos de impotencia y angustia de los indefensos civiles, le provoca un terror que, hasta el último de sus días, será la esencia de sus peores pesadillas. Observa la carrera desenfrenada de hombres y mujeres: se dispersan en todas direcciones, empujándose a la vez que intentan sortear los bultos que se amontonan en el suelo... algunos, inertes; otros, convulsionados; todos… repletos de sangre. Busca los ojos de su padre e intenta hallar en ellos una explicación a tan grotesca escena.
Pero Juan no responde. Por su mente se suceden las imágenes inmediatamente anteriores, cuando, desde una situación por fortuna lejana, presenciaron igual que fantasmas el momento en el cual el mayordomo se asomaba al balcón e improvisaba algunas palabras. A continuación hablaba el joven infante D. Francisco, con gesto amargo y triste. No llegaron a escucharles, pero advirtieron la conmovedora reacción del gentío congregado a las puertas del Palacio, y la repuesta inmediata de unos pocos cortando las trinchas del carruaje que debía conducir al muchacho fuera de España. Y entonces, cuando la ira de aquellos madrileños estalló para defender lo que legítimamente era suyo, los cañones y la artillería de los invasores rodearon a la multitud.
Nadie trató de huir. Quizá la indignación nubló su conciencia. Quizá no fueron capaces de imaginar que tal extrema crueldad pudiera llegar a producirse. Quizá esperaban, al menos, una advertencia. A pesar de lo acontecido la noche anterior en la Puerta del Sol, esta matanza los cogió por sorpresa.
Ahora, el ambiente de la plaza, que pareciera un improvisado laberinto, oprime el pecho de Juan y deforma su percepción de la realidad. Le escuecen los ojos y le pesa el cuerpo como si tuviera fiebre. Por fin, el nuevo grito de “muerte a los franceses”, desbloquea su pulso y logra parpadear.
Entre el caos de la masacre, el joyero logra distinguir una figura en la que reconoce a Julia, vecina del barrio, arrodillada a escasos metros de su posición. En un arranque instintivo, aprieta con fuerza la mano de Clara y, caminando un paso por delante de ella para ejercer de parapeto, se dirige hacia la costurera, que ha conseguido entre tanto ponerse en pié.
Julia mantiene una postura sorprendentemente erguida. Su mirada expresa una rabia fría, altiva, madura. Una rabia que carece de cualquier signo de indulgencia e incita al inmediato castigo de la afrenta. Su rostro apenas se mueve para acompañar a su boca cuando gime: “Juan, mira lo que nos han hecho… las patrañas del choricero y los galos canallas… ¡Traidores! ¡Malditos miserables! Mira los que nos han hecho ¡Míralo! Juan… Juan: Tienes que ir con ellos” y, señalando con el dedo a un grupo de hombres que se dirigen eufóricos hacia las calles colindantes, sentencia sin dejar margen a réplica: “Clara se queda conmigo”.
Súbitamente, el joyero comprende lo que la mujer reclama. Siente que un escalofrío recorre su piel y su corazón se estremece de espanto. Por un instante, duda de la capacidad de sus piernas para conducirle hasta los rebeldes. Su saliva se espesa. En cambio, las lágrimas amenazan con aparecer más fluidas que nunca. Pero no es un cobarde. El miedo sería inmoral e irresponsable. No. Él no es un cobarde.
Trata de articular su adiós con naturalidad, aunque la voz le delata, áspera: “D. José ha dicho que sólo tiene un catarro. Debéis humedecer el aire con vapor y mantenerla tapada si le sube la temperatura”.
Julia compensa su coraje con media sonrisa y deja que el joyero le entregue la mano de su hija.
Él se inclina hacia la pequeña, que sigue extraviada en su desolación; apoya las manos sobre sus hombros y la besa en la frente. “Estás ardiendo, hija. Julia te llevará a casa. Yo iré más tarde”.
Sin volver la vista atrás, camina hacia la muerte con paso lento.
Sus labios, aún templados, le traen una extraña sensación… porque sabe bien que, este beso, será su último acto de amor sobre la tierra.

5 comentarios:
Hola Eva:
Si el cuento era lindo, publicado queda aun mejor. Hablas en él del algo muy hermoso, la superioridad de la fuerza del sentimiento de lealtad, dignidad y libertad sobre el disimulo, materialismo y cálculo que nos distingue como raza. La reacción del pueblo de Madrid fué seguida por el resto de España. Por supuesto, en mi querida Cataluña de manera especialmente brillante en el desfiladero del Bruch y en Gerona. Dicen los historiadores que fue la confirmación de nuestro sentimiento de ser una sola nación, España con el que iniciamos la edad contemporánea. Dios bendiga a nuestros antepasados y nos salve de perder nuestras raices.
Y dicho esto te pido que me disculpes el estilo más solemne del que solemos usar ámbos en nuestros intercambios de opiniones , tú sobre todo que tienes esa naturalidad encantadora en el uso del lenguaje que a buen seguro tus familiares y amigos disfrutan y tus lectores sabrán agradecerte.
Esta vez me ha podido el orgullo de sentirme europeo y español y he recordado lo que aquél que nuestros clásicos llamaban César Carlos dijo de nuestra lengua, al compararla con sus hermanas,el alemán y el italiano.
Román
¡Hola, Román! Muchas gracias otra vez. Pues parece que a mí también me gusta más el cuento ahora que le habéis dado "el visto bueno" los especialistas jeje
A veces pienso que, sólo ante los grandes problemas, nos hacemos conscientes de lo que nos queremos y necesitamos los españoles unos a otros... Pero ¡Qué precio tan alto hay que pagar! ¿verdad? (no sabes la de llamadas que tuvimos, por ejemplo, con lo del 11M). Te agradezco la aportación sobre Cataluña, porque, en mi precipitada investigación, sólo llegué hasta los fusilamientos del 3 de mayo, aunque sabía que, si ganamos, fué poque estuvimos unidos frente a los franceses.
No tengo que disculparte nada de nada, faltaría más. Tú estilo es acorde contigo, y, desde mi punto de vista, la coherencia en las personas es muestra de su autenticidad. Mil besos y hasta pronto.
Y bien...¿que es lo que dijo de nuestra lengua (comparándola con el alemán y el italiano)aquel que nuestros clásicos llamaban Cesar Carlos?
Me gustaría que lo contases, para aquellos que no conocemos el comentario !ándale Román,dedicanos un minuto!
En mis visitas al Museo del Prado solía rumiar a menudo la frecuencia con que las bellas tonalidades rubia y pelirroja de cabello y el azul de los ojos, se repetían en los cuadros de las princesas españolas y otros miembros femeninos de la nobleza. De la Casa de Austria primero y de la de Borbón luego, paradigma de la porción de sangre nórdica europea que unida a la europea mediterránea, corre por las venas de todos nosotros, los españoles
A la salida del Museo podía ver gozosos ejemplos vivos de esa belleza en las muchachas con las que me cruzaba en el camino. ¡Quiera Dios protegernos para que no perdamos nuestras raíces y nuestras hijas sigan siendo tan bellas en el futuro como sus madres!
En otro orden menos lírico de cosas , solía también detenerme en mis visitas en los lienzos que representaban al emperador Carlos I de España y V de Alemania, meditando sobre el precedente europeo de Carlomagno y el Sacro Imperio Romano-Germánico y, como no, en los momentos culminantes de nuestra historia patria.
Nuestros clásicos llamaron al emperador el César Carlos, y la grandeza de su imperio, aumentado luego por su hijo Felipe II, fue el momento cumbre de nuestra historia en que no se ponía el sol en nuestros dominios. Si podemos (y debemos) sentirnos con justicia orgullosos de ello, luego, Europa y con ella nuestra amada cultura grecolatina, nos debió de nuevo sobrevivir, por haber liderado la alianza que cerró el paso a los turcos que habian masacrado poblaciones enteras pasando a cuchillo las plazas tomadas y amenazando la existencia misma de Europa como tal al llegar a las puertas de Viena en 1529
“La mayor ocasión que vieron los siglos” que como es sabido por todos es el nombre con que Cervantes invocaba la batalla de Lepanto puso fin a esos desmanes. Deberiamos recordar que España se vió prácticamente sola en aquella ocasión hostigada por Inglaterra y Francia pese a lo cual supo cumplir con su deber histórico.
Pero vamos a las palabras del emperador relativas a los idiomas de que se servía habitualmente. Las recuerdo y cito textualmente ,tal como nos las repetía, una y otra vez mi profesor de latín, el inolvidable señor Cano:
"El alemán, para dar órdenes a los caballos. El italiano, para hablar con las damas, pero el español, señores, el español es para hablar con Dios"
Mi modesta opinión sobre ellas, es que no menospreciaba en modo alguno el alemán, lengua de su infancia en la corte de Maximiliano, su abuelo, bellísima lengua que fue luego la de Bach, Beethoven y Goethe, ( en la que también escribió Rosenberg , de cuyo pensamiento tuve noticia por vez primera gracias a mi padre) sino que, en la época, era ampliamente usada para algo tan vital, desde el punto de vista civil y militar,como el adiestramiento equino. El italiano la lengua en que Dante celebró a Beatriz y Petrarca a Laura, lo recomendaba para hablar con las damas porque la dulce inflexión de sus palabras la juzgaba idónea para decirles cosas lindas y cortejarlas. Pero decir que el español era para hablar con Dios, es el mejor elogio que pueda hacerse a ésta nuestra lengua común, tan metafísica que ha dado al mundo a un Cervantes y a tan grandes místicos como Santa Teresa y San Juan de la Cruz.
¡Jolín, Román!
Muchas gracias por este comentario tan completo. Me entristece un poco reconocer que la historia de España no es uno de mis puntos fuertes (... ¿cuál será mi punto fuerte? jeje) pero esa tristeza se ve compensada cuando pienso en la suerte que tengo de que dediques tu tiempo a enseñarnos cosas tan poco comúnes (al menos para mí, claro) a través de este blog.
Por favor, si un día vuelves al museo del Prado, déjame acompañarte para que te pueda preguntar por todo lo que no habría espacio para que me comentaras desde aquí.
De momento, me voy presta a hablar con Dios, ahora que por fín estoy segura de que me entiende ;-)) En serio: gracias, Romanchito.
Mil abrazos
Publicar un comentario